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La casta estibadora se pasea con Mercedes de 50.000 euros mientras están de huelga

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Nueve de la mañana. Instalaciones de Sevasa, la empresa (Sagep) que presta el servicio de estiba a las terminales del puerto de Valencia. El complejo consta de tres edificios: uno de oficinas y administración, otro de formación y un tercero para uso sindical. Decenas de estibadores pasan aquí su jornada de huelga, entrando y saliendo de sus dependencias, formando grupos en la pequeña explanada que sirve de escenario para sus asambleas motivadoras y consumiendo cafés o refrescos en la cafetería con máquinas de ‘vending’ que hay en la planta baja.

No ha sido fácil llegar hasta aquí. Los intentos de El Confidencial de integrarse con los trabajadores para realizar un reportaje han resultado baldíos. La central de la Coordinadora de Trabajadores del Mar en Tenerife impidió la autorización para observar de cerca cómo viven la huelga estos trabajadores portuarios y sus líderes sindicales en uno de los principales puertos del país. “Es que el ambiente está muy crispado y no es el momento”, es la explicación.

Vista la escasa receptividad, tramitamos la autorización a través de la propia empresa Sevasa, aludiendo a necesidades informativas. La concede. Entrar en el puerto (un espacio franco y autónomo con policía propia) es una carrera de obstáculos burocrática de permisos y formularios. Y una vez dentro hay que pasar las barreras de las propias empresas a las que se pretende acceder, en este caso, la sociedad encargada de prestar la fuerza laboral para cargar y descargar barcos. Hasta ahora, esta tarea se ejecutaba de forma monopolística, algo que pretende modificar el real decreto de liberalización aprobado por el Congreso de los Diputados.

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A la entrada de Sevasa, el guarda de la garita, de una empresa privada, revisa y confirma telefónicamente la autorización con sus superiores y lanza un nuevo mensaje de advertencia. “La situación está tensa. En especial con El Confidencial. Es como meterse en la boca del lobo. Tres compañeros suyos [de otros medios] ya se han marchado”. Le pregunto qué quiere decir con eso. “Usted ya sabe a qué me refiero”, responde.

Es un mensaje que se repite. A los estibadores no les gustan los periodistas. No escriben lo que ellos quieren. “Vuestros jefes manipulan. No sabemos lo que vais a escribir”. En la cafetería de Sevasa, bajo la mirada de sus compañeros, los enlaces sindicales invitan a marcharse a los pocos periodistas que aparecen por allí y que se arremolinan para negociar una valoración del seguimiento de la huelga del comité de empresa. “Hay 1.600 compañeros y alguno se puede cabrear”, reiteran.

Se impone la jerarquía vertical de la Coordinadora. Habrá un mensaje único de su líder, Antolín Goya, que sobre las 13:00 comunicaba el seguimiento “absoluto” de la huelga, del 100%. No habrá más declaraciones. Nadie quiere hablar. En seguida descubrimos los distintos perfiles del colectivo. Desde empleados de aspecto anónimo, a numerosos estibadores con su camisetas identificativas, bíceps de gimnasio, tatuajes y aspecto de tipos duros que llegan conduciendo su Mercedes descapotable de 50.000 euros. Quizás ahora entendemos mejor la resistencia a ser fotografiados con sus motos y sus coches, aunque en el aparcamiento hay tanto todoterrenos de lujo como utilitarios mucho más asequibles.

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junio 6th, 2017 by

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